Llegamos a Sevilla a la hora que nos habían indicado, con gran sorpresa por mi parte, ya me había hecho a la idea de llegar con cuarenta minutos de retraso. Nos dieron una vuelta de 20 minutos por la ciudad dentro del autobús antes de bajar... y me volví a acordar de media coctelera. Éstas son las calles que pisan, y se me hace curioso darme cuenta. Por ahí, en algún lado, estará Keiko dando clase en ese instituto del que no logré recordar el nombre. Por aquí mismo pasaron sin mi hace cuatro años todas las personas de sexto de primaria, a las que mi mundo casi se reducía por aquel entonces. La noche anterior había estado mirando un mapa, y logré saber por dónde íbamos más o menos en cada momento... todo lo contrario de lo que me sucedió en Huelva, que me perdí la fantástica cantidad de dos veces (todo un récord teniendo en cuenta que nos acompañaban hasta al supermercado, que estaba en la calle de al lado).

Al parar el vehículo bajó primero Sergio, y saludó a dos mujeres, que más adelante descubrimos que iban a ser nuestras guías durante la semana. Cuándo dio dos besos a la primera de ellas, Sandra comentó que era asqueroso, y nosotras asentimos: ¿quién era capaz de dar dos besos a ese profesor? ¡Puajj!

Nos dejaron bajar. Sergio dijo algo, no recuerdo el qué.. probablemente dijo que eran nuestras guías y sus nombres. Yo decidí subir otra vez al autobús a dejar la bolsa que llevaba; no se me había ocurrido otra cosa que dejar todo el equipaje en vez de llevar la cámara y el dinero en una mochila... quería ir a coger mis cosas, y lo hice, pero a la vez que yo abría el equipaje el conductor arrancó, con la puerta abierta y tan feliz. Tuve que gritarle que parara, y no me oyó; en la acera Ricardo comentó “Tenía que ser Egoime*, cómo no”. La primera vez que llamé la atención en el viaje, pero no la última ni la más bestia, claro.

Fui al lado de Manu, paró y me bajé.. sin cámara ni nada, sólo con el dinero. Nos llevaron a unos jardines (me suena algo de Lebrija, pero he mirado el mapa otra vez y no aparece nada de eso.. Iris, ¿recuerdas dónde estuvimos?), y nos dieron media hora libre para comer. Cómo nadie traía comida nos señalaron una bocatería, y allí que fuimos en manada (y encontramos sitio todos para sentarnos.. milagro!!, 50 personas, a las 2 de la tarde en mitad de una ciudad cuyas calles están formadas por turistas..., y encontramos todos mesa, ea).

Pedí un bocadillo casi al azar... parecía estar rico. Pero llevaba mucha mayonesa y al primer bocado saltó por los aires... bonitos quedaron mis vaqueros, sí señor. Limpié los trozos de lechuga que fielmente habían acompañado a la salsa hasta su fatídico final mientras me reía con mis amigas (¡qué risas más tontas por tal tontería!) y seguí con el bocadillo hasta las dos y veinticinco. Sin haberlo terminado lo dejé y fui al baño a limpiarme... al de los tíos, por cierto, pues no había ganas de esperar colas. Tuve suerte, y si quedó mancha de grasa, los vaqueros, por ser negros, la guardaron en secreto.

Antes de ir yo al baño, pagamos. Clara y Paula dieron dinero en monedas, justo para pagar su ración; yo di cinco euros, y Sandra buscó un billete de diez. Me llamó la atención, al intentar contarlo, ver que no me salían las cuentas... normal que no me salieran. Cuándo nos dieron las vueltas, a mi me habían cobrado un euro de más, y no era fallo de la camarera, si no de mi “querida” amiga Paula, que con todo el morro había dado dinero de menos y ahora lo negaba (¿y luego me llaman ladrona a mi?) y, como Sandra había sido la primera en coger el dinero que le correspondía de la mesa, me tocó a mi joderme y quedarme sin el euro. Fue la primera vez en la excursión que tuve ganas de pegar una bofetada alguien. Sé que un euro no es mucho, pero cada vez me va fastidiando más esta chica, y no la puedo decir nada... todo lo que hice fue comentar el asunto con Sandra en la cola al baño. Ella también sabía que Paula había dado menos dinero, y seguro que Clara también... pero aquí nadie se atreve a decirle nada, y yo la que menos, por que la chica a manipuladora pocas competidoras tiene, y si se me ocurre abrir la boca al final con la que se enfadan es conmigo. (PD: le presté dinero más adelante en la excursión, y casi tres semanas después, sigue sin devolvérmelo...)

Después de la comida regresamos al parque/jardín aquel. Esperamos diez minutos haciéndonos fotos, y luego paseamos hasta la Giralda. Visitamos la catedral, como todo el mundo, hablamos en alto molestando a los guiris y a los guías españoles que hablaban otros idiomas con acento de móstoles, e hicimos fotos con flash fastidiando a... en realidad, a nadie, por que todo el mundo hacía lo mismo, pasando de las normas. Después de tocar el pie en masa a nosequé figura riéndonos, por que ninguno cree en esas cosas, y de ver “El Tesoro” (¡pero sin con eso damos de comer a medio tercer mundo!, ¡venga ya!, yo quejándome de la Iglesia, y resulta que es el Ayuntamiento de Sevilla el que podría alimentar él solito a todo Senegal...) nos hicieron subir a la torre. Nos comentaron que eran “unas cuentas cuestas”, pero que no nos decían el número exacto, “por que si no...”

Subí con Clara.. y es que ha sido típico de estas vacaciones que Paula y Sandra se fueran por su cuenta, pasando de nosotras. Bien que se queja Sandra de Paula en cuánto tiene ocasión, pero se deja arrastrar más que el agua de un río.

Íbamos todos contando las rampas, los japoneses caídos por el camino, y una chica incluso el número de pasos. Los alemanes subían con una facilidad increíble, mientras que veías asiáticos en cada ventanal tirados en el suelo. Nosotros... llegamos arriba sin pararnos, pero cansadísimos y jadeando. En la novena cuesta yo ya estaba harta, pensando “no puede faltar mucho”... en la 25, ya me había resignado a seguir subiendo eternamente como en una pesadilla.

Y por fin, treinta y pico rampas y unos cuántos escalones, llegamos arriba. Merecía la pena, y me arrepentí muchísimo de no tener a mano mi cámara por segunda vez (la primera había sido al ver la fachada de la catedral... ¡milagros hubiera hecho allí con una cámara!), pero Clara llevaba la suya e hizo fotos por todos lados, así que me contenté pensando que podría robar las suyas de su Espacio del Msn (Iris, sin cachondeos)

Estuvimos un rato en la calle, nos dieron un cuarto de hora para mirar tiendas... y comprar agua. Aquel día en Sevilla estuvo marcado por la falta de papeleras (hasta para tirar un chicle acababas dando vueltas por tres calles), y por la sed, aunque esto fue algo común en los cinco días. Cada vez que podíamos nos íbamos a un bar a suplicar un vaso de agua, o a una tienda a comprar una botella. Pero los camareros, no demasiado amables, nos daban el agua sin mucha sonrisa, precisamente. En la puerta de la catedral entramos Paula, Sandra y yo a pedir tres vasos de agua. ¿Respuesta del camarero?. “¡Ya podríais ir al baño, eh!, ¡ también hay botellas de agua mineral”, gruñó. Pero nos sirvió el agua. Luego entramos a una tienda que parecía ser lo único que había allí: camisetas de “alguien que me quiere mucho me ha traído esta camiseta de Sevilla”, mecheros con el dibujo de un toro, postales de monumentos o de una mujer bailando sevillanas. Salimos. Esperando a que volvieran los que faltaban de clase, “las cuatro” nos tomamos unos caramelos de VitaC (Kike, me pediste detalles, no?, pues añado que eran de sabores “cítricos”, y había 2 de naranja, 3 de lima y 4 de limón). Todo el mundo estaba cansado y suplicaba ir al albergue... menos yo. Ya he dicho que en este viaje he destacado más que nunca.

Fuimos andando a.. nosedónde. Lugar sagrado de los guiris, por la cantidad de puestos cutres de los alrededores. Era un lugar.. Emm... pues circular... como una plaza.. con una fuente en el medio.. y un gran edificio tirando a mono que parecía ser el monumento que habíamos ido a ver. ¿Alguien sabe de qué hablo?

Nos volvieron a dejar media hora libre, que permitió una migración común al puesto de helados a por agua y algo frío para librarse de los 27 grados que atravesábamos. No podía evitar fijarme en la gente, había personas en la calle con chaquetas, y no precisamente de algodón... ¡Locos!, ¡todos locos!, ¿cómo eran capaces de soportarlo? Yo iba en tirantes y me estaba asando.. cada vez que me acercaba a una fuente me acercaba, a ver si el aire me mojaba un poco.

Después andamos un rato, y llegamos otra vez al autobús. Tocaba ir a Punta Umbría, pero llegan a llevarnos y alguien mata a puñetazos a los profesores... Íbamos todos cansadísimos, y era tarde, así que directamente a Huelva capital. Pero a una de las guías le dio por ir hablándonos un poco de Sevilla, así que volvimos a dar una vuelta tonta por allí, frente a las quejas de la gente. Para colmo, entre el acento y lo que se acercaba al micrófono, se le entendía poco... Creo que fue una de las pocas veces que las escuché decir “y si miráis a vuestra izquierda, veréis tal edificio”. Eran bastante calladas; más que de guías en el sentido tradicional, ejercían de profesoras, cuidando que no gritáramos por las noches ni nos perdiéramos, y supongo que también indicarían a los profesores y al conductor por dónde había que ir... pero nada de contarnos la historia de Sevilla en capítulos reducidos, por suerte. Quizá perdimos mucha información interesante en las catedrales por la falta de información, pero nos libramos de estar con cara de aburrimiento durante todas las visitas..

PD: Añadiré fotos otro día... hoy, por problemas técnicos, no he podido ;)